Tempo - Dionnys Matos 

Dionnys Matos vive en otro tempo. Basta conversar con él para notarlo. Su tempo es pausado y contemplativo. Casi como una forma de resistencia al rush que impone la sociedad del rendimiento y la impaciencia ya normalizada de la vida contemporánea.

La aceleración, después de todo, es una de las reglas de oro del capitalismo moderno: vivir más rápido para producir y consumir más. Pero la velocidad no solo organiza nuestra relación con el mundo; también puede funcionar como una forma de anestesia. Como sugiere Kundera, nos protege del horror y de la aridez del mundo moderno; para otros, es una manera de escapar de la conciencia de la muerte. Corremos, quizá, para no tener que mirar demasiado tiempo aquello que nos inquieta. Y así, casi sin advertirlo, hemos construido una civilización cada vez más veloz, mientras nuestra capacidad de atención se vuelve cada vez más breve, más frágil, casi patológica. Sin atención, sin embargo, no hay pensamiento posible. Quizás por eso estamos entregando progresivamente el mando a las máquinas y convirtiéndonos en usuarios subordinados a ellas.

Dionnys, en cambio, vive prestando atención. Y en medio de este paisaje acelerado pinta imágenes en las que no parece estar pasando nada: escenas suspendidas, momentos de calma que no exigen nada de nosotros salvo permanecer frente a ellas. Sus pinturas son ejercicios de atención prolongada en un tiempo en el que permanecer un minuto delante de una pintura puede sentirse como un siglo. En ellas no hay nada que descifrar con urgencia, ningún acontecimiento que perseguir. Solo queda mirar. Y mirar es, en última instancia, la función primordial de toda pintura.

Quizás por eso coloca tantas veces una silla en el centro de la escena, como si invitara al espectador a entrar lentamente, sentarse, mirar y volverse parte de ella. Uno podría pasar la vida ahí, ajeno al rush de afuera, sin cansarse jamás de habitar una escena tan bella. Es entonces cuando la pintura se convierte en refugio: un lugar donde todavía podemos ejercer aquello que nos distingue de los demás animales, aquello que nos hace singulares incluso entre nosotros mismos, aquello que nos devuelve a lo más depurado de nuestra naturaleza. Y a Dios.

Si hubiera más que decir sobre estas pinturas, quizás ya no habría sido necesario pintarlas. Dionnys conoce dónde está esa línea y no la cruza. No explica, no insiste, no acelera. Solo pinta. A su manera. En su propio tempo.

 

Raúl Cordero

Ciudad de México, Septiembre de 2026.