Hay obras que una quiere tener cerca, para convivir con ellas. Su encanto reside en estar, en hacer nuestros espacios cotidianos más propios.
Una obra en casa es un habitante. No hace ruido, pero está.
Cambia con la luz del día, se vuelve otra cosa en la noche.
A veces la miras de verdad y a veces solo de reojo cuando cruzas el pasillo. Pero siempre modifica el espacio.
Al principio ocupa un lugar. Después, parece que el lugar se hubiera hecho para ella.
Hay días en que casi se olvida. Y, aun así, su presencia interrumpe el vacío.
Las obras observan. Te ven preparar café, leer, recibir gente, estar sola.
Los paisajes de Dionnys Matos abren una ventana imaginaria. Las esculturas de Daniel Adolfo crean un centro de gravedad en una habitación. Las composiciones de Edgar Solórzano pueden ordenar el desorden mental de un día difícil.
Las frases de Román de Castro hacen que los cuadros hablen directamente a nosotrxs. Los poemas bordados de Gaby Lobato se presentan como acertijos a desenmarañar tirando de sus hilos. Lucía Oceguera nos muestra que a veces un solo punto de apoyo clave es lo que impide el derrumbe. Karian Amaya expone las capas de su obra, como si alguien hubiera cortado la superficie para revelar la memoria acumulada debajo. Luis Rocca abstrae los cuerpos, los deshace en color puro.
Elegir una obra es un acto íntimo y un poco inexplicable. ¿Por qué te sientes atraída por ella y no por otra que es tan similar?
La obra te escogió tanto como tú a ella.
¿Cuál de estas obras quieres que te acompañe?
-Baby Solís